El motivo por el que tanta gente sale a jugar sin protección no es flojera. Es que el bloqueador que probaron los dejó blancos, empastados o grasosos — y nadie quiere jugar así.
Mientras tanto, los rayos UVA —los que penetran más profundo, manchan y envejecen— no se ven ni se sienten. Por eso el daño se acumula en silencio, chamusca tras chamusca.
El cambio es simple: un protector de amplio espectro (UVA + UVB) con una textura tan ligera que sí te lo ponés cada vez que salís a la cancha. Eso es lo que cambia el resultado dentro de cinco años.